Hay 3 buenas razones:
1. Para que los pecados queden perdonados, la Confesión debe
ser válida. Pero es posible que una o varias de nuestras Confesiones no hayan
cumplido lo que se requiere. Consideremos estos ejemplos:
Se necesita que el confesor sea un ministro ordenado
autorizado para confesar. Si alguien se confiesa en una funeraria con un ‘padre
patito’ de los que pululan por allí cobrando por ‘misas’ falsas, su ‘confesión’
también fue falsa.
Se necesita arrepentimiento. Si alguien se confiesa: ‘agarré
a catorrazos al vecino’, pero en su interior piensa: ‘¡qué buena tranquiza le
puse!, ¡ja!, si pudiera se la volvía a dar!’, no está arrepentido; su Confesión
no es válida.
Se necesita propósito de enmienda. Si para poder comulgar en
la Misa dominical (y que no lo critique su suegra) un señor confiesa que el
sábado fue con sus cuates a un ‘table’, se emborrachó y fue infiel a su mujer,
pero planea volverlo a hacer el sábado siguiente, su Confesión no es válida.
Se necesita confesar todos los pecados cometidos desde la
última Confesión. Si una empleada confiesa que tomó dinero que no era suyo,
pero calla que le mentó la madre a su jefa, su Confesión no es válida.
Se necesita cumplir la penitencia. Si alguien no la cumplió,
su Confesión no es válida.
Cuando la Confesión no es válida, los pecados confesados no
quedaron perdonados, hay que volver a confesarlos.
Ante la duda de si nuestras Confesiones fueron válidas, la
Confesión general es la solución.
2. Al repasar nuestra historia podemos darnos cuenta de que
hubo pecados que nunca confesamos. No queremos morirnos llevando a cuestas
pecados no perdonados que podrán retrasar o incluso impedir que lleguemos al
Cielo.
3. Repasar nuestra vida nos permite darnos cuenta de si
venimos arrastrando ciertos pecados o tendencias (‘qué barbaridad, desde
chiquita he sido rete mentirosa!’, ‘¡desde niño he sido criticón e iracundo!’),
confesarlas y corregirlas con la gracia de Dios.
San Francisco de Sales recomendaba hacer, aunque sea una
Confesión general.
Fuente: PPC
